Hay días que no salen como los planeas. Y hay días que salen mejor precisamente porque nada salió como lo planeaste.
La tormenta que empezó todo
El plan era simple: vuelo de Seattle a IAD, de IAD a París, y de París a Venecia. Pero una tormenta eléctrica en IAD tenía otros planes. Vuelo cancelado. Rebooking. Horas de espera en el aeropuerto de Richmond con Armando y Ale, mis roomies y compañeros de esta aventura.
Taxi de Richmond a DC en medio de la tormenta eléctrica — para que terminaran cancelando el vuelo de todos modos. Tuvimos que comprar otro de último momento que saliera de Nueva York. Oh sí, una vez más en esa ciudad. Dormir unas horas en Washington, y a primera hora tomar el primer autobús rumbo a NYC, luego el metro a JFK para por fin tomar el vuelo a tierras europeas. Pero esta vez llegaríamos a Roma y nos moveríamos en tren hasta Venecia.
Sonaba bien cuando lo planeamos de último momento.
Cuando por fin aterrizamos en Roma, ya íbamos con medio itinerario destrozado.
Perdidos en Termini
La estación Roma Termini es un universo aparte. Miles de personas moviéndose en todas direcciones, letreros en italiano, máquinas de boletos que no cooperan, y nosotros tres — recién bajados del avión, jet-lagged, con maletas — tratando de entender cómo funcionan los trenes italianos.
Spoiler: no lo entendimos a tiempo. Alcanzamos a subirnos al tren, pero uno de nosotros no. Y no nos íbamos a ir sin él. Así que el tren se fue enfrente de nosotros. Perdimos el directo y terminamos tomando el tren regional.

Pero ese tren regional nos regaló esto: la campiña italiana pasando por la ventana. Colinas verdes, casas de piedra, viñedos. El tipo de vista que hace que perder un tren se sienta como el mejor error de tu vida.

Cortona y Arezzo — paradas que no estaban en el plan
El tren regional para en todos lados. Y eso está bien. Pasamos por Cortona, donde un festival internacional de fotografía (Cortona On The Move) tenía la estación decorada con posters enormes. Un recordatorio de que a veces los mejores descubrimientos son los que no buscas.

Después Arezzo. Otra estación, otro pueblo toscano, otra ventana a la Italia que no sale en las guías turísticas.

Florencia: el David, Dante, y el Arno
Florencia nos recibió con calor de agosto y la energía de una ciudad que lleva siglos siendo hermosa sin esforzarse.
Primer stop: la Galleria dell’Accademia. El David de Miguel Ángel. Ninguna foto le hace justicia, pero lo intenté.

Después, a caminar. Las calles cerca del Hotel Brunelleschi, estrechas y llenas de gente. La fachada de las iglesias Medici. La Fuente de Neptuno en Piazza della Signoria con las torres medievales de fondo.



Y Dante. Dante Allighieri en los Uffizi, mirándote desde su nicho como diciendo “tú también estás perdido, ¿verdad?”

El Arno al atardecer
El momento del día. El río Arno con los edificios toscanos reflejándose en el agua, el Ponte alle Grazie al fondo, y esa luz de las siete de la tarde que solo existe en Italia en agosto.


Y luego, Venecia
Después de caminar Florencia hasta que nos dolieron los pies, nos subimos a otro tren. Esta vez sí lo tomamos a tiempo.
Llegamos a Venecia casi a medianoche. Apestosos por el calor italiano, con un viaje de más de 36 horas encima, arrastrando maletas por puentes sin rampas. Tres mexicanos perdidos en Venecia a la una de la mañana, tomando un water taxi adicional para llegar a la isla donde estaba nuestro Airbnb.
Pero esa es otra historia.
Día 1 de Europa. Perdimos un vuelo, perdimos un tren, cruzamos media Italia en regional, caminamos Florencia entera, y terminamos en una isla en Venecia. Más de 36 horas en movimiento. El tipo de día que no puedes planear — solo sobrevivir.
