Despertamos en una isla. Literalmente. Después de llegar a Venecia a medianoche, arrastrando maletas por puentes sin rampas y tomando un water taxi a la isla donde estaba nuestro Airbnb, el primer amanecer en Venecia se sentía irreal.
Pero antes de eso, una última postal de Florencia.
Adiós, Florencia
La tarde anterior, justo antes de tomar el tren a Venecia, subimos al Piazzale Michelangelo. Toda Florencia ahí abajo — el Duomo, los techos de terracota, el Arno, las colinas toscanas al fondo. El tipo de vista que te hace entender por qué los artistas del Renacimiento no podían dejar de pintar esta ciudad.

La ciudad sin calles
Venecia no tiene calles. Tiene canales, puentes, y callejones que terminan en agua. Google Maps es inútil aquí — te dice “camina 5 minutos” y terminas dando vueltas 20 porque el mapa no sabe que ese callejón termina en un canal sin puente.
Salimos del Airbnb y empezamos a caminar. Sin plan, sin mapa, sin prisa.


Los canales de Venecia en la mañana, cuando todavía no llegan las hordas de turistas, son otra cosa. El agua reflejando los edificios, las lanchas pasando despacio, el sonido de la ciudad despertando.
Visitamos un lugar donde vendían café y pastries. La verdad fue interesante ver cómo la gente en Italia desayuna: solo un espresso y un aperitivo en una barra, muy tranquilo, muy coqueto. Tratamos de hacerlo — no por performativos, sino porque teníamos hambre y era lo primero que encontramos. Pero en retrospectiva, muy buena primera impresión de la cultura italiana.
Para el lunch nos sentamos en un restaurante junto a un canal. Comer al lado del agua mientras pasan las lanchas — así se almuerza en Venecia.

San Marcos
Eventualmente, todos los caminos en Venecia te llevan a la Piazza San Marco. La Basílica es absurdamente hermosa — mosaicos dorados, cúpulas bizantinas, y una fila que da la vuelta a la plaza.

La góndola
Andábamos regateando al chico de la góndola. La verdad ya íbamos preparados con efectivo, así que no estuvo difícil negociar un mejor precio por el mejor tour. Incluso nos llevaron a retirar 50 euros que nos faltaban a un cajero — en la góndola. El gondolero navega con una vara de madera, y no hay forma de replicar esa perspectiva caminando.


Ahí tomamos las primeras fotos para nuestros posts de Instagram. Nos tomaron la primera foto del recuerdo: los tres en la góndola, y el lanchero diciéndome que sonriera más.
Perdidos (otra vez)
Después de la góndola, a caminar. Y caminar. Y caminar. Venecia se recorre a pie y solo a pie. No hay coches, no hay bicis, no hay metro. Solo tus pies y los puentes.


Cada callejón es una sorpresa. Restaurantes escondidos, arcos medievales, ropa tendida entre edificios del siglo XVI. Te pierdes, pero perderse en Venecia es el punto.

Miles de pasos
Mi teléfono marcó más de 25,000 pasos ese día. Los pies dolían. Las piernas dolían. Pero cada vez que pensábamos en regresar al Airbnb, aparecía otro canal, otro puente, otra vista que no podíamos ignorar.
En la noche fuimos a cenar a un restaurante del que ya teníamos reservación junto a un canal — Quadri, creo que se llamaba. Muy fancy, old money vibes, muy interesante. Aunque a esas alturas ya estábamos sugestionados por todo.
Venecia no te deja ir fácilmente.
Día 2 de Europa. Venecia es la ciudad más absurda y más hermosa del mundo. No tiene sentido que exista, y sin embargo ahí está — flotando, decayendo, resistiendo, y siendo la cosa más bonita que he visto.
