Me desperté antes que todos. El Airbnb en Murano estaba en silencio y afuera la isla apenas empezaba a moverse. Agarré la cámara y salí solo.

Murano a solas

Murano en la mañana, sin turistas, es un pueblo pesquero que hace vidrio. Calles vacías, canales tranquilos, lanchas amarradas. Nada del espectáculo de Venecia — solo una isla viviendo su vida.

Caminata matutina por Murano

Canal de Murano

Canal con lanchas

Caminé sin rumbo, tomando fotos de todo. La luz de la mañana sobre el agua, los edificios coloridos, los reflejos. Murano no intenta impresionarte — simplemente es bonita.

Laguna de Murano

Campanario

Basílica dei Santi Maria e Donato

Pasta, vidrio y despedida

Cuando Armando y Ale despertaron, salimos a desayunar y después a comer pasta con mariscos. Última comida italiana antes de irnos — había que hacerla valer.

Antes de tomar el vaporetto, le compré recuerdos de vidrio soplado a unos viejitos que vendían en la calle. No en una tienda fancy para turistas — en la calle, como se debe.

Panorámica de Murano

Murano desde el agua

El aeropuerto al que llegas en lancha

Tomamos el vaporetto de Murano directo al aeropuerto Marco Polo. Es toda una experiencia llegar a un aeropuerto por mar. Ves las pistas de aterrizaje acercándose mientras navegas por la laguna. En cualquier otro lugar del mundo tomas un taxi o un metro — en Venecia, llegas en lancha.

Pasamos al lounge, respiramos, y nos preparamos para el siguiente capítulo.

Adiós, Italia. Nos vemos, Grecia.

Atenas de noche

Llegamos a Atenas ya de noche. El Airbnb tenía vista al Partenón.

No estoy exagerando. Abrimos la puerta, subimos a la terraza, y ahí estaba — iluminado, dorado, flotando sobre la ciudad como si llevara dos mil quinientos años esperándonos. Que probablemente sí.

El Partenón iluminado desde el Airbnb

Bajamos a cenar a un restaurante local cerca del Airbnb. Música griega de fondo, comida que no sabíamos pronunciar pero que pedimos señalando el menú. Excelente primer adentramiento en Grecia.

Dos países en un día. Desayunamos en una isla de vidrio soplado en Italia y cenamos viendo el Partenón en Grecia. Este viaje no tenía sentido y por eso era perfecto y apenas estaba comenzando.


Día 3 de Europa. A veces lo mejor de viajar no son los planes, sino los tránsitos. El espacio entre un lugar y otro, cuando todo se siente posible.